lunes, 7 de agosto de 2017

SELECCIONES DE RAÚL MORALES ÁLVAREZ (PARTE VI): "SOLDADO DE LA FORTUNA"

El clásico bar el "Cola de Mono" de calle San Diego (imagen: revista "En Viaje").
Este texto es parte de la selección de artículos del periodista chileno Raúl Morales Álvarez (ver el anterior acá: "Los boliches y los nombres"). El presente artículo, redactado originalmente para Orbe en 1965, pertenece al proyecto editorial "Temporal en Cartagena: antología de Raúl Morales Álvarez", de la Agrupación Cultural El Funye (ir al Facebook del grupo), exclusivamente dispuesta para los lectores de este blog.
COMO SOY MUY VIEJO, he visto ocurrir a mi alrededor una plural abundancia de curiosas cosas. Ciertamente, algunas de ellas fueron mágicas. Sucedió así, por ejemplo, con la de mi nacimiento, porque yo nací cuando ya había cumplido trece años de un vehemente y casi onírico domicilio en la tierra, la noche de un veinticuatro de agosto, por San Bartolomé, cuando aseguran que los diablos andan sueltos; hasta ese instante, yo vivía solamente, todavía sin nacer, ajustado a una conducta de corriente de aire para maltratar las puertas de la casa, cambiar de sitio las habitaciones y alterar a mi acomodo los horarios que fijaban tiempos implacables (…) naturalmente, todo esto hacia que me odiasen con enconada rabia mis hermanas, y que mi madre estuviese perfectamente segura de que yo era un ser absurdo y peligroso, y de que mi hermano, el mayor de la familia, el Cadete Naval, me mirase por encima del hombro, con altos desdenes, cada vez que venía a pasar sus vacaciones con nosotros.
Decidí mi fuga de noche, para que no me viesen bien el rostro ni los pasos. Fue algo muy simple. Solo salir y comenzar a dar trancos, a la deriva, por las calles (...) Y a caminar entonces. Sin rumbo fijo, pero con un gozo de satisfecho explorador en los ojos y en el cuerpo. A la vuelta de esa esquina y de la otra, de todas las esquinas, la ciudad me iba entregando una nueva y desconcertante geografía de las cosas, desconocida para mí hasta ese instante. Cada calle tenía su propio rostro peculiar y hasta su sexo diferente. Cuando llegué a San Diego, me sentí, por eso, preso del ritmo tentacular que surgía de su mucha longura, llamándome de todas partes y de ninguna a la vez, como si se tratase de una mano innumerable, dedicada a hacerme señas, sólo para decirme cuándo yo llegaba hasta ella: ''No. Es más allá. Más allá todavía...''.
Y más allá me fui, respirando con ávidos contentamientos la noche y su aventura. Abultaban los borrachos que salían tambaleantes de los cafetines lepidópteros. Un taxi pasaba por su lado, invitándolos. ''¡Yo los llevo...! ¡Yo los llevo!''. Pero era yo, más bien, quien se dejaba llevar por esta como marea de poderoso cuerpo, popular y obscuro, asomándome a los bares, incursionando tímidas miradas por entre la luz rojiza de las filarmónicas y de los cabarets, comprando pescado frito, tortillas y pequenes a los vendedores ambulantes que aparecían de repente, detrás de sus conchones, capturando el asombro de las mujeres que hacían la calle, ofreciéndose al transeúnte, con mi figura encapada y algo pálida, como la de un fantasma juvenil que hubiese llegado de improviso a penar hasta esa calle, la calle San Diego, que trasnochaba muy despacio. Me miraban como un pájaro raro, un pollo en corral ajeno, porque en realidad lo era. Pero sólo después de cruzar las sombras de Avenida Matta, siempre por San Diego adentro, hacia el Sur (...):
- Yo soy Bulboa... ¡El Ñato Bulboa...!
Era, sin duda, su cortés manera de presentarse y lo decía con una suerte de pintoresco orgullo que le iba ufanando el pecho por momentos. De esta simple y brusca manera entre en la vida de Jacinto Bulboa Cárdenas, el Ñato Bulboa.
Venta callejera de pequenes y dulces en carrito ambulante, hacia los años sesenta. Imagen de las colecciones del Museo Histórico Nacional.
¿Quién era? Aún no logro explicármelo por entero. Pero había, indudablemente, mucho de hechicero en su presencia. Sabía de todo y hacía de todo y el imperio y el misterio de su compra-venta se extendía a todas partes. Chalaneaba en ganado, mercaba en fletes, remataba intrépidas posturas en La Vega, sin que se le arrugase un ojo. Y de largo en largo desaparecía. Volvía del Norte o del Sur, a veces derrotado y a veces ganancioso, pero nunca sin perder los optimismos, porque el Ñato Bulboa volvía sobre la misa vida, aferrado a ella con un coraje tenaz que no conocía los desmayos...
El barrio entero parecía pertenecerle como una cosa propia. Tras él iban las miradas enamoradas de las mujeres y las largas amistades de los hombres. Lo adoraban los perros y lo respetaban anchamente los policías. Más de una vez, necesitaban a Bulboa para aquietar a la muchedumbre y ponerle rienda corta, cosa que solía suceder cada semana, desde el Sábado al San Lunes, por Chiloé a Franklin, donde estaba enclavado, por esos días, un boliche que tenía un nombre de suave desconcierto: La Armonía.
-Este es don Julio Ortiz de Zárate, cabrito... ¡Un caballero escultor que para monos en cualquier parte...!
Julio Ortiz de Zárate venía llegando de Europa y la charla se le llenaba con un nombre lejano y preferido: París. Hablaba de él como de algo mágico y olvidándose de quienes lo escuchaban, se adentraba en la técnica de las diferentes escuelas de arte para terminar
discutiendo consigo mismo:
-Porque Dalí, Bulboa... Salvador Dalí, sabes tú...
-Porque Picasso...
-Porque Vittorio Macho...
Bulboa no sabía ni entendía nada. Pero se quedaba con la boca abierta escuchando al escultor:
- 'Chitas las cosas lindas que cuenta, don Julio...!
Pero el mejor de sus amigos era el fraile de quien él arrancaba en las madrugadas, con vergüenza de que lo viese con el trago puesto. El cura Cotapos calaba a lo hondo en estas mañas y sabía como buscarlo y como hallarlo. Bulboa solía llevarle curiosas pecadoras hasta el secreto del confesionario. Las sacaba, sin duda, de la noche. Pero las arreaba en pleno día hasta la iglesia, con los rostros cansados y ojerosos, y algo como una sombría desesperación en las bocas muy pintadas. En la puerta del templo, Bulboa las urgía:
- ¡Ya niñas...! ¡Váyanse a ponerse bien con el Señor...!
Luego se las llevaba por el barrio, de boliche en boliche. En uno de ellos me presentó a la más conspicua:
- Ésta es la Ñata Inés, cabrito...! ¡La manosanta más santa que hay en todo Chile para armar una cazuela de ave!
Raúl Morales Álvarez en Chillán, en 1966.
Era la famosa dueña de una Casa de Cena que alborotaba entonces sobre la Plaza Almagro. Una mujerona morena, con el rostro pasivo y complaciente de una vaca fatigada. Me clavó los ojos. Bulboa seguía con la presentación:
-Y aquí tiene a la Juana Flores, cabrito... ¿Qué le va hallando? ¿Malita la pomá? La Juana es de las mismas canchas que la Ñata Inés, de la Plaza Almagro. Cuando usted quiera tomarse un cola-e-mono como se pide, ¡No se me vaya meter en ninguna otra parte que no sea donde la Juana Flores!
Lo mismo que el de la Ñata Inés, su negocio de San Diego con Inés de Aguilera estaba en el Index criollo de lo prohibido. Y pese a esto, la gente acudía. Estirados señores y pomposas señoronas iban hasta allí, en coche, a ver el rostro del pecado en las facciones del pueblo. Había quienes buscaban a Bulboa para que les sirviese de guía y de escudero en estos menesteres. Bulboa aceptaba estos encargos, llevándome a la rastra. En la alta noche, un poco eufóricos por el mucho exceso digestivo y bebestible, señoras y señores, se despedían de nosotros, con la sensación alucinada de haber conocido unos cuantos metros del infierno:
- ¡Esto es muy romántico, Bulboa, muy romántico...!
A veces, una mano enjoyada, de largos dedos pálidos, salía de los coches en un gesto de adiós, rubricado después por las palabras pronunciadas con elegancia y abandono:
- ¿No crees tu, querido, que esta gente es muy interesante?
Esta gente éramos la Ñata Inés, Bulboa, la Juana Flores y yo y los demás. Pero había alguien más que destacaba en la marea:
- ¿No conocen ustedes a la María Luisa -preguntó Bulboa.
Tenía los ojos profundos, la boca vehemente, el cuerpo gracioso y redondo. Ya había comenzado a envejecer. Alargándose junto a las sienes, el tiempo ahondaba la huella de sus marcas implacables, en forma de patas de gallo. Pero se veía todavía bella bajo la media luz nocturna donde agonizaban su vida y su oficio, como algo destinado a morir con lentitud. Cuando Bulboa me llevó a su casa, me asombraron los modales de gran dama con que se conducía la famosa celestina. Fuese lo que fuese, nadie podría negarle lo que verdaderamente era. Una señora. Bulboa me preguntó:
- ¿No es usté el que le escribe las cartas a la gallá del Matadero? ¡Vaya, entonces, y escríbale algo en el álbum a la María Luisa...!
Era la verdad. El álbum era tan famoso como ella. Lucía las firmas de Rubén Darío, de Claudio de Alas, de Leopoldo Lugones, y de tantos otros cuando lo vi por primera vez. Esa misma noche Jerónimo Lagos Lisboa acababa de dejar en él la suave magia de unos versos sencillos:
¡Un cigarro y otro ron!
sopla el fuego y que arda más.,
Dices bien, María Luisa:
¡Vivir y vivir de prisa,
esa es toda la lección...!

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