martes, 18 de julio de 2017

LOS QUE QUEDARON TRAS LA MASACRE DE 1938: RECUERDOS SOBRE LOS ÚLTIMOS HOMBRES DE UNA "GENERACIÓN FUSILADA"

Los cuatro sobrevivientes de la Masacre del Seguro Obrero, reunidos en una concentración frente al Cementerio General de Recoleta, en la Plaza de las Columnatas de La Paz. Imagen gentilmente proporcionada por Mauricio Emiliano Valenzuela, de su archivo fotográfico e histórico.
Al anochecer de este último domingo 16 de julio, el programa "Chile Secreto" de Chilevisión, conducido por el escritor Jorge Baradit, abordó un tema de enorme importancia en la historia política chilena con un capítulo completo propio: la Masacre del Seguro Obrero de 1938, sangriento episodio de nuestra vida republicana que puso fin a la corta pero enérgica existencia del auténtico Movimiento Nacional Socialista de Chile, bastante diferente a las versiones que hoy se suelen hacerse él intentando fusionarlo con la doctrina, simbología y estética de la Alemania Nazi.
Con gran sintonía y un gran impacto que se constata por sus ecos en las redes sociales, el capítulo incluyó entrevistas a familiares de las víctimas como doña Florencia Thennet, al testigo y conocedor del caso don Jorge Vargas, al investigador y autor del libro "La Masacre del Seguro Obrero" don Germán Bravo Valdivieso (hijo del Auditor Leonidas Bravo, testigo de los hechos que incluye en su libro de memorias "Lo que supo un auditor de Guerra") y a mi amigo personal el fotógrafo y periodista Emiliano Valenzuela.
Investigador innato, Valenzuela prepara ya el lanzamiento de un trabajo literario excepcional, que considero esclarecedor para este importante período de nuestra historia, recopilando la corta pero intensa semblanza del Movimiento Nacional Socialista Chileno en los años 30. Ha titulado muy acertadamente esta obra próxima a ser lanzada como "La Generación Fusilada", y me consta que su contenido despejará muchas dudas o falsas creencias sobre tan curioso y a veces mal contado episodio de la vida política chilena.
A pesar de los mantos de ignorancia y de olvido que se han echado sobre aquella generación, sabemos cómo terminó dicho grupo político tras la bárbara matanza de 59 de sus miembros en la Torre del Seguro Obrero, a sólo pasos del Palacio de la Moneda ocupado entonces por el Presidente Arturo Alessandri Palma, señalado como el principal responsable jerárquico de lo sucedido. Es un hecho también que, al provocar la bajada de la candidatura de Carlos Ibáñez del Campo y el apoyo de todas las fuerzas populares volcadas a la de Pedro Aguirre Cerda, el sacrificio de estos nacistas logró la derrota electoral del candidato del oficialismo, el exministro Gustavo Ross Santa María, como vimos en otra antigua entrada de este blog dedicada a las consecuencias políticas de la masacre.
Poco se habla, sin embargo, de lo que sucedió tiempo después del festín de muerte con los miembros de esa "generación fusilada", que fueron apagándose como pequeñas estrellas de una mini-galaxia, algunos incluso antes de morir físicamente: hombres y mujeres que acabaron como atrapados en su propia tragedia y, de alguna manera, condenados al mismo destino de sus camaradas asesinados, pero con la crueldad de la condena a una agonía política lenta, muy lenta, en el paso inexorable de los tiempos.
Recuerdo bien esa mañana del sábado 5 de septiembre de 1998, año 60 de la Masacre del Seguro Obrero. Los miembros y colaboradores del Comité por el Recuerdo de los Mártires estaban de frente a la placa conmemorativa del edificio, allí en Morandé con Moneda, enfrente de la Plaza de la Constitución, faltando poco para comenzar la ceremonia. En esos mismos días, remodelan la misma torre ya ocupada por el Ministerio de Justicia, que aún tiene su sede en ella.
Todos los que eran parte del Comité se encontraban presentes. Están también los poetas, los escritores y los artistas de esa generación. Distingo entre la multitud al profesor Pedro Godoy, a Enrique Zorrilla, a Leandro Espinoza, a Renán Valdés, y tanto otros. La gran mayoría de ellos ya ha dejado de existir en el poco-gran tiempo que ha transcurrido desde entonces, pasando a ser -en mis recuerdos- viejos que forman parte de memorias algo nostálgicas de mi juventud, paradójicamente.
Identifico con satisfacción a don Carlos Pizarro Cárdenas, acompañado de sus familiares, esperando el inicio del acto por ahí donde se colocó después el Monumento al Presidente Salvador Allende. Los últimos años transcurrían para él postrado en su silla de ruedas, a causa de crueles amputaciones provocadas por graves problemas de salud. Aún así, Pizarro asistió a estos homenajes de los 60 años de la masacre, y también concedió entrevistas a medios de comunicación y programas como "Informe Especial", a propósito de un reportaje sobre el aniversario del suceso, reapareciendo tiempo después en una aplaudida serie-documental sobre el siglo XX, conducido por Bernardo de la Maza, ya de manera póstuma.
Diría que Carlos Pizarro había sobrevivido en esa torre gracias a lo más parecido a un auténtico milagro que pudiese conceder el mundo real, tirado entre los muertos masacrados en la infausta jornada del 5 de septiembre de 1938. Cayó medio aturdido y empapado por la sangre de sus camaradas, situación que engañó a los verdugos y les hizo creer que estaba herido de muerte y liquidado. El cuerpo que tiñó su rostro y su pecho, fue el de Pedro Molleda, brotando sangre desde sus horribles heridas en el cráneo. Molleda había sido el mismo mártir que lanzó, poco antes de ser ejecutado, la frase símbolo de la inmolación y que acabó siendo una profecía autocumplida: "¡No importa, camaradas, nuestra sangre salvará a Chile!". Ahora, esta consigna está inscrita en la placa que recibe los homenajes, en la esquina de la torre.
Comenzaba a anochecer sobre Santiago cuando llegó hasta el macabro escenario de sangre encharcada en las escaleras un valiente grupo liderado por el periodista de "El Imparcial" don Carlos Zañartu y por el Diputado Raúl Marín Balmaceda, acompañados por don Alfonso Canales, el Capellán Gilberto Lizana y el doctor Ricardo Donoso. Marín, con determinación, exigió la entrada e hizo valer con decisión su fuero parlamentario, pudiendo rescatar así a los únicos sobrevivientes que encontraron, encontrando todavía vivos entre los muertos y los ríos de sangre: Alberto Montes Montes, Facundo Vargas Lisboa, David Hernández Acosta y, por supuesto, Carlos Pizarro Cárdenas.
Mientras Pizarro estaba prácticamente ileso aunque choqueado, Hernández tenía tres balas en el hombro y los otros dos yacían prácticamente inconscientes por sus respectivas heridas. Debieron ser hospitalizados los tres, mientras que Pizarro fue a parar a la cárcel, por haber participado del conato. Ya recuperados todos, se volvieron celebridades dentro de sus camaradas y los nacionalistas de la época: los únicos testimonios vivientes de esa desastrosa y trágica aventura revolucionaria, recibiendo el indulto del 24 de diciembre de 1938, por el recién asumido Presidente Aguirre Cerda.
Carlos Pizarro, entrevistado por TVN en 1998, poco antes de morir.
Leandro Espinoza dando un discurso en el Monolito del Cementerio General, en 1998, acompañado por la "Bandera de la Sangre" a un costado y en ofrenda floral atrás, símbolo de la Vanguardia Popular Socialista de 1939-1942 (con 59 estrellas, una por cada mártir). Atrás, con su sombrero en la mano, Galvarino Sepúlveda.
Murieron uno a uno, en un plazo menor a una década entre el primero y el último, reuniéndose así en la memoria con sus camaradas mártires del 38. Los restos de la "generación fusilada" a la que se refiere Valenzuela, ya se extinguían con ellos mismos, además: en cada funeral quedaban menos excompañeros de aquellas dichas y desdichas, para asistir a la respectiva última despedida.
Acosta fue el primero en irse, el 12 de junio de 1989. Le siguió Montes, el 30 de julio de 1991. Vargas se reunió con ellos el 16 de junio de 1997, viviendo una última etapa de su existencia muy entregado a la espiritualidad y, según me señala Valenzuela por testimonios que recogió de los familiares, practicando el Valparaíso técnicas "alternativas" de sanación, motivado sólo por un secreto impulso no redituable que no lo salvó de sus propios padecimientos. Pizarro, de esta manera, era el último de los sobrevivientes del grupo ese año conmemorativo de 1998.
Muchas historias y leyendas continuaban repartidas entre los hombres de aquella generación ya en su fase terminal. Había casi un folklore propio dentro del Comité por el Recuerdo. Contaban, por ejemplo, que allí en las escaleras del lúgubre edificio escenario de las dantescas escenas, había quedado un macabro testimonio de la matanza: una siniestra mancha de sangre que, por muchos años, no pudo ser disimulada con la virutilla, ni con solventes, ni con cera. Incluso decían que, por unas décadas más, reaparecía sola en el suelo y escalones de blanca elegancia, hasta que estos fueron revestidos y tapados... Pero lo más extraño y cruelmente curioso, sin embargo, fue que Pizarro trabajaría después largo tiempo en la misma Torre del Seguro Obrero de la tragedia suya y de su generación, por algún inaudito azar o capricho del destino.
Comienza la ceremonia con una lectura de voz de Galvarino Sepúlveda, otro de los viejos nacistas de ayer, los viejos estandartes del Comité. Toda la muchedumbre escucha en silencio. Reconozco de inmediato las frases de su lectura... Era la carta del mártir Ricardo White a su familia, escrita antes de partir a su propia muerte:
"Santiago, 5 de Septiembre de 1938
Querido hermano:
Te pido el secreto de estas líneas que te escribo, por ellas son de gran importancia para mi madre. Te pido también valor y promesa de que suceda lo que suceda, tú, por mi memoria no abandonarás a la mamá. Esto que te pido de hombre a hombre, lo hago porque cuando recibas estas líneas me estaré jugando la vida por mi patria, tratando de conquistar el bienestar que necesita nuestra colectividad social. Nosotros que hemos sufrido en carne propia los males de un régimen y de una casta, somos los que tenemos que luchar con valor para conquistar días mejores a costa de nuestra sangre si es necesario.
Hoy he recibido la misión audaz y delicada de la revolución: si la cumplo con éxito tú guardarás secreto de esta carta, para que la mamá no sepa, y si yo alcanzo a veros nuevamente, valor, hermano, valor. Quiero sí, que te des un beso a mi mamacita como mí última despedida, porque lucharé Y caeré pensando en ella, en quien sólo es posible pensar después de servir a la patria; y dile que siento no poder dejarle nada porque nada tengo; sólo te pido que la consueles; que si la suerte me acompaña podré acariciarla y ayudarla como ella se merece, y si no... consuélala, dale valor para que viva muchos años para bien tuyo y de los hermanitos; hazle ver que somos mortales y que tenemos algún día que irnos, y mis vale caer luchando por nobles y justas causas, que morir en una cama.
Salud y valor es lo que puedo desearte, para que cuides a mami. Tu hermano,
¡VIVA CHILE Y LA REVOLUCIÓN!
RICARDO"
60 años cumplidos, sostenidos quizás desde la fragilidad del recuerdo de unos pocos y gracias a la existencia precaria de hombres octogenarios que lo vivieron, sus familias y los que llegamos al grupo interesados en aprender más de esta trágica epopeya, haciendo algún aporte a su rescate y homenaje.
En la reunión del día siguiente, mañana del domingo 6 de septiembre, el Comité por el Recuerdo realizó su propio acto oficial frente al monolito funerario del Cementerio General. Discursos y cantos de marchas se oyen, como la clásica "Chileno a la Acción". El obelisco memorial, que hordas de neandertales ya entonces solían tratar de vandalizar (creyéndolo en su infinita ignorancia, una reivindicación del neonazismo), tiene inscrita la carta que dejara a su familia el mártir Enrique Herreros del Río antes de partir al alzamiento, documento por entonces atesorado por su hermano Gonzalo Herreros:
"Mamacita, Margot querida y mis buenos hermanos, si a estas horas no he vuelto, sólo les pido que me perdonen por las horas de angustia de las que seré culpable.
La suerte de mi patria querida, es para mí (perdóneme) más importante que todas las felicidades que ustedes me puedan proporcionar.
Se bien que muchas personas me interpretarán mal pero No me importa. Siento la satisfacción íntima de sacrificarme por algo superior.
Quico".
A pesar de su fuerte carácter, tan propio de ciertas personas no videntes como él, don Gonzalo Herreros me permitió por entonces ver el original de esta carta cuidadosamente mantenida en su hogar, dentro un marco de cristal y acompañada por la fotografía de Enrique siendo conducido por dos carabineros en la fila hacia su sacrificio. También me permitió tomar imágenes digitales de ella. Hoy, este tesoro también está a resguardo de Emiliano Valenzuela y su archivo histórico sobre los mártires del 38.
Entre los presentes en el Cementerio General, se encontraba un anciano casi tullido en una silla de ruedas y a quien no reconozco. Está ciego, con sus ojos secos, medio escondido bajo un viejo sombrero, luciendo débil y tan decrépito como cualquier hombre de esta ciudad ya enfrentando los últimos días de su vida... Pero no lo estaba, ¡y vaya que no!... Olvidé, por un momento, que estos hombres son de otro orden, y que ninguno de los viejos allí presentes es corriente: sus almas no eran las de los ancianos en los que el paso del tiempo había convertido sus cuerpos, sino de hombres jóvenes, vitales, llenos de ardiente fulgor atemporal.
Gonzalo Herreros, hermano del mártir Enrique Herreros.
Ahí me entero de quien es, pues lo conozco desde antes de conocerlo: su nombre era Ernesto López, uno de los prodigiosos poetas de la generación del 38, creador, además de la letra de algunos de los cantos que todavía sonaban en las filas de lo que había sido el nacismo chileno. Si recuerdo bien, su yerno empujaba la silla de ruedas en donde se encontraba. Y así, de pronto, cuando todo parece concluir, López alza su voz como un trueno y comienza a recitar con el vozarrón de un guerrero, uno de los poemas más bellos que se han dedicado a los caídos del Seguro Obrero, escrito por Manuel Lagos del Solar bajo el título sencillo de "¡Camaradas!":
¡Camaradas,
con la sangre derramada
quedó la espada encendida!
Años mozos que no son,
muertes que ya son semilla.
¡Camaradas,
la Tierra está avergonzada
por los hombres que se atreven a mirar un nuevo día
con la conciencia manchada
por nubes de villanía!
¡Camaradas,
la Patria está agradecida
pues la sangre derramada
dejó la tea encendida!
Hermanos fuimos en vida
¡hermanos...
juntos seguimos tras la palabra encendida,
juntos prendimos estrellas sobre la Patria!
¡Era NUESTRA la esperanza de un cercano y claro día
para ella,
mas, ahora se enlutaron las banderas
que sus manos tremolaron con gallarda bizarría!
Eran HOMBRES y soñaron,
eran jóvenes y fueron heroicas sus rebeldías.
Volaron sobre la Historia
soñaron un claro día.
¡¡Hermanos fuimos en vida
y hoy lo somos
sobre la muerte y el odio
sobre el dolor y el acero, pues la sangre derramada
dejó la Idea encendida!!
Tenían alas de cóndores,
almas de niños tenía;
eran buenos, eran buenos
como el pan y la alegría
no sabían ser amargos
y el Alba les sonreía
eran sinceros y claros
como el agua humilde y fría.
¡Tenían alas cóndores,
almas de niños tenían!
Hay cien madres que sollozan
dolor de eterna partida
por cien muchachos que fueron
fanal de gloria y hombría.
¡¡Están cerrados sus ojos,
mas no han muerto todavía
porque si la tierra tiene
sus pobres, tristes cenizas,
tiene el futuro su gesto
de gallarda rebeldía!!
¡Camaradas,
los hermanos no se han ido!
Que los aliente su ejemplo
como una estrella encendida
más allá
del dolor y de la vida...!
¡Que tremolen las banderas
que sus manos se agitaron con heroica bizarría!
¡que sus gritos de agonía,
sean toque de clarín,
que el crespón luto y sangre
se transforme en oriflama!
¡que resurja la pujanza
que vibró en Arauco un día,
voz de bronce y de vindicta
brote, plena de coraje y energía,
de los pechos lacerados
por los hombres que se escudan para herir!
¡No haya paz en los canallas!
¡que retumbe en el confín
más lejano de esta tierra
un vibrar de corazones que se agitan
en rugiente rebeldía
por aquellos,
los hermanos que están muertos
y que alientan todavía
bajo el ala sacrosanta del Martirio y de la Gloria!
Camaradas,
por los muertos,
por aquellos que supieron ser chilenos,
por aquellos que encendieron una hoguera
de sangriento sacrificio,
por aquellos que forjaron una gesta
de bravura y heroísmo,
por los hijos predilectos de esta tierra
que adoraron
más allá de las espadas asesinas,
más allá de las cobardes villanías;
Camaradas,
por aquellos que lucharon un cercano y rojo día
por la honra de la Estrella Solitaria
¡apretemos las legiones,
tremolemos los pendones
que sus manos agitaron con heroica bizarría!
¡Camaradas,
con la sangre derramada
quedó la espada encendida...!
Terminado su enérgico esfuerzo, fue aplaudido espontáneamente por todos los presentes. Me acerqué a él, felicitándole por su intervención. Vuelve a ser entonces ese viejito de 86 años, casi consumido en su silla de ruedas, pero con corazón de león. Toma mis manos cariñosamente y se siente complacido con sólo un reconocimiento informal. Conversamos un instante, pero noté que iban creciendo otra vez sus deseos de volver a recitar un nuevo poema, porque la lírica es su forma de expresarse, no otras formas: las palabras le quedan cortas. Me pide permiso y, ante mi asombro, esta vez se pone de pie con esfuerzo, sobre sus tambaleantes piernas, despegándose de las cadenas de esa silla de ruedas.
Don Ernesto vuelve a inflar su pecho, como tomando aire para soplar una ventisca. Se torna así un león rugiente, el león que fue en aquellos años que alguna vez pasaron ante sus ojos hoy apagados. Pequeño, cansado, y ciego, emerge otra vez el remanente de lo que fue y toma posesión de aquello que quiso ser toda la generación suya, y su siguiente poema se inflama desde las entrañas. Es de la autoría de otro de sus contemporáneos, Daniel de la Vega, llamado "Entre los Andes y el Mar", dedicado también al espíritu que animó a esa camada política y a sus mártires. La voz del anciano parece llenar todos los mausoleos del recinto, llegando ya más que a los vivos, a los muertos. Y decía su tronido:
Aún sólo comenzaban a conocer él embrujo
de los primeros jazmines y de las primeras novias.
El mundo era para ellos un beso en la reja, un lujo
de frondas y lunas llenas,
una canción de camino y ternuras morenas,
y toda esa algarabía,
esa pléyade de niños, esa ronda de alegría,
cayó como caería una manada de ciervos allá en los lances
soberbios del Rey y su compañía....
Pues la justicia que escucha al rufián y al malhechor,
no oyó ni siquiera el grito de vuestra agonía:
Y vuestros veinte años iban corriendo con ufanía
en pos de lo que creyeron un mundo un poco mejor.
Fue un error... Como fue error el del inmortal manchego
cuando atacó los molinos creyendo que eran gigantes,
como el corazón es ciego,
se equivocan en el mundo los caballeros andantes.
Por eso, para vosotros, no pido oración ni ruego,
sólo quisiera mi ternura
cavar vuestra sepultura
con la lanza del manchego.
Que vuestras madres no sepan cómo fue el último instante;
que el hombre de bien lo ignore
y que no lo desparrame por el mundo el caminante...
Y no sé que haría / para que la Patria lo ignorara.
Si lo sabe, cada día
que se hable de esta agonía,
tendrá que volver la cara...
Verso mío,
perdura, enciéndete, deja
esta caverna siniestra de nuestro tiempo sombrío
y cuando estas pasiones
y este día sangriento
sólo queden
ceniza y remordimiento
sal al encuentro de todas las nuevas generaciones.
Y diles que hubo varones
que no nos contaminamos
y que aparte mantuvimos espadas y corazones.
Diles también que aquel día
que yo no quiero nombrar
mucha gente no sabía
que podía
caber tanta villanía
entre los Andes y el mar.
Y que el día del baldón
quedaban hombres de bien,
y que sintieron también
que a sangre y fuego los vándalos entraron al corazón.
Este es mi mensaje. Entrégalo
a cada generación.
Poco después, terminado el encuentro, estaban todos reunidos en un conocido local enfrente del cementerio: el "Santa Rosa de Pelequén", en Recoleta con María Graham, restaurante que cuenta con una sala trasera donde cabían cómodamente todos los concurrentes.
Viejos y nuevos espíritus leales al recuerdo se mezclaban en largas mesas, cantando, riendo, recordando, aprendiendo y corrigiendo el mundo entre brindis y brindis. De cuando en cuando, don Ernesto se ponía de pie otra vez, a la cabeza de la larga mesa, y volvía a recitar las obras de esa generación con extraordinaria lucidez. Sin embargo, sus fuerzas comenzaron a flaquear en un poema tan largo como un relato, referido al episodio de San Francisco de Asís intercediendo ante el lobo asesino que asolaba los alrededores de una aldea.
En este momento del poema, el declamador se sienta y empieza a jadear: está cansado, pues a su edad es difícil mantener ese tono enérgico que le imprime a su forma de recitar. Sin embargo, y a pesar de las advertencias de sus amigos, no logra ser persuadido de cortar bruscamente el poema, y en el fondo, todos queremos saber el desenlace de la historia del santo y el lobo. No se rinde; nunca se rinde, ni siquiera a esas limitaciones insalvables, como la senilidad, y así vuelve a reincorporarse sacando fuerzas de flaqueza, juventud de decrepitud. Vuelve a rugir el león.
Don Leandro Espinoza, en acto conmemorativo del Seguro Obrero, en 1997.
Poeta Ernesto López, recitando al final de acto de 1998 en el Cementerio.
Don Ernesto López era uno de los último de su especie, quizás. Su recitar del poema "Heroísmo" representa la mejor descripción que se pueda hacer de los vates perdidos en ese tiempo al que perteneció su genialidad; acaso hablar mejor de los poetas guerreros caídos, también dedicado a los mártires:
Eran varias decenas de muchachos apuestos
abnegados, orgullosos de saberse chilenos;
era un grupo escogido, corazones bien puestos
que quisieron sacar a su patria del cieno.
Era sangre araucana, era sangre española
que agitaba el torrente que bullía en sus venas,
amalgama selecta que formaba una sola:
¡Esa sangre gloriosa, esa sangre chilena!
Y siguieron la senda de martirio y de gloria
que trazaron aquellos que se fueron primero,
que también rubricaron con sus vidas la historia
y regaron con sangre el abrupto sendero.
Y también cómo aquéllos se marcharon silentes,
sin temor, sin angustias, resignados y estoicos,
Si brotó, de sus labios una queja doliente:
¡Fue el dolor de la carne de esos pechos heroicos!
¡Cuántas madres que lloran su sin par desconsuelo!
¡Las esposas, hermanas! ¡Cuántas novias tuvieron
desposorios funestos en sus puros anhelos¡
¡Cuántos sueños felices que con ellos murieron...!
¿Por qué instinto salvaje, fratricida, inhumano,
sus hermanos de raza de verdugos sirvieron?
¿No latieron sus pechos? ¿No temblaron sus manos
cuando el arma asesina en su contra esgrimieron?
¡La piedad no llego a sus negras conciencias!
¡Se cegaron sus ojos ante el cuadro sangriento!
¡La razón vaciló y trocóse en demencia
revolcándose en sangre cual chacales hambrientos!
Pero queda el reproche fustigando conciencias
¡de esos brazos en alto, de esas manos crispadas!
¡Moribundos despojos que en su triste impotencia
aún tuvieron vigor en tenerlos alzadas...!
Y nos queda el ejemplo de su muerte gloriosa,
y nos queda el recuerdo de su heroico martirio,
de esa sangre vertida en actitud generosa,
de sus pechos de bronce, de sus almas de lirios...!
Y las fieras que dieron la tremenda sentencia
de tronchar esas vidas, de ultrajar sus memorias,
tendrán siempre grabado en sus negras conciencias
el postrer anatema que recoge la Historia.
Porque al último instante con absoluto desprecio
como un eco sintióse de sus labios viriles:
¡Maten perros -dijeron-, desnudándose el pech0
que esta sangre será la que salvará a Chile...!
Esa intensa tarde dominical, terminé en la casa de la simpática señora Martita Vásquez y su esposo. Ella fue de la misma generación de nacistas criollos presentes. Residían por allá entre las villas cerca del final de avenida Recoleta, donde atesoraban una gran cantidad de imágenes, artículos y recuerdos relacionados con su epopeya, incluidas todas las fotografías enmarcadas de los mártires.
Mantuve contacto en lo posible con todos estos personajes de una edad perdida, de poetas y liristas condenados al no reconocimiento... Pero era inevitable que irían marchándose, extinguiéndose.
Pasaron las semanas, los meses... Era ya la noche de aquel día 20 de noviembre de ese mismo año de 1998. La noticia nos llegó a todos casi tan pronto sucedió, porque tal vez la esperábamos, atentos y sin admitirlo: había partido Carlos Pizarro Cárdenas, el último sobreviviente de la Masacre del 5 de septiembre.
Finalmente, se cerraba el círculo.
Puedo imaginar la casa de su excamarada de juventud don Leandro Espinoza, ese viejito de bigote simpático que no acusaba cambio alguno en su filosofía política (o al menos eso creía él de sí mismo) y que había mantenido su alma joven por los más de 80 años que contaba entonces... Puedo imaginar también los contornos de sus muebles y sus muros en la casa, denunciados únicamente por el resplandor del viejo televisor frente al que permanecía a veces, en esa antigua construcción de principios de siglo tan característica de los barrios Brasil y Ricardo Cumming. Cuando no estaba allí, don Leandro partía a los cafés del Paseo Huérfanos con Moneda, donde era conocido por las muchachas de la barra y gozaba de cierta popularidad entre otros comensales.
Esa misma oscuridad cavernosa reinaba durante el día dentro de su espacio de residencia, como alcancé a ver alguna vez a través de la puerta entreabierta. Sospeché que las cortinas polvorientas podían juntar meses sin que alguien las abriera, como si su morador temiera que un ato de recuerdos se escaparan por los filtros de la ventana... O peor aún, como si la luz los disolviera al instante al descubrirlos escondidos en algún lugar, allí adentro. La agitación exterior de los vehículos, en tanto, anunciaban la noche en que ya terminaba ese día viernes en que nos llegó la triste noticia.
Espinoza era especialmente importante en este grupo, porque si bien no estuvo en la Torre del Seguro Obrero durante la matanza, concurrió hasta el edificio con la intención de entregarse a las autoridades y estar cerca de sus camaradas aquella mañana, acción que se frustró cuando algunos familiares suyos lo detuvieron por la fuerza, en las puertas del edificio. Era, quizás, el nacista número 60 de la lista de caídos en ese lugar, pero las circunstancias le impidieron cerrar el número.
Así, cuando sonó el teléfono de don Leandro, debió sentir como si una mano brusca y violenta lo tomara de pronto desde su ensimismamiento interior, trayéndole de súbito a la vigilia y reclamándole incorporarse. Me consta que cada vez que algo le hacía repasar el drama de esos 59 muchachos masacrados, sus ojos se humedecían y lloraba como un niño, o mejor dicho, con el niño que aún se aloja en su alma de viejo, así que eran sensaciones muy fuertes las que le dominaban en esos días, demasiadas quizás para no empezar a lidiar con ellas antes de empezar a razonar la situación.
Otro que recibió la noticia en aquella jornada, fue el periodista y escritor Renán Valdés von Bennewitz, allí en su residencia de calle Olivos, cerca del Cementerio General de Recoleta en donde ahora reposan también sus restos.
Como sucede con don Leandro, casi adivino con facilidad la situación de Renán ese día: trasladando su anciana existencia hasta la vieja mesa sobre la que el teléfono exigía atención, con una campanilla antigua. Era suficientemente ruidosa para alertarlo a él con la prontitud necesaria, si acaso reposaba ya en su silla. Con los ojos nublados contestó... Todos olvidamos que el teléfono también puede traer malas noticias cuando vamos a levantarlo, salvo cuando suena en la noches: nunca perdemos de vista esta posibilidad cuando nos llama interrumpiendo la paz del durmiente, por alguna necesidad más importante que su propio sueño.
Enrique Zorrilla, entrevistado en 1997 por TVN.
Renán Valdés mostrando parte de su archivo, en agosto de 2009.
El Renán que conocí, permanecería pegado largo rato al lado de la ventana, con el auricular clavado en la oreja... No estaría agarrotado ni catatónico; simplemente, estaría quieto. Nada más. Miles de divagaciones subían y bajaban por él todo el tiempo, así que ahora se repetían en la forma de recuerdos, golpes de memoria... Ya todo parecía una historia inventada, inexistente, o una gran mentira escrita y revivida tantas veces por sus creadores que han acabado creyéndola. Pero ahí estaba la voz del teléfono diciendo lo contrario; recordándole quién era y quién fue; recordándole lo que sucedió hace tanto ya.
Colgaron del otro lado de la línea. Renán sólo bajaría el brazo sin dejar caer el auricular. Entonces, extendió su mano libre hasta la cortina oscura y la corrió unos centímetros... Lo sé, porque lo hacía con frecuencia también. Breve distancia para que las luces amarillas de un barrio clásico de la ciudad, allá en La Chimba, penetraran hasta su guarida. Eran días en que las polillas volaban en enjambres por los focos de los postes, como consecuencia quizás de un invierno inusualmente seco, mientras siluetas desconocidas de una ciudad pecaminosa paseaban por afuera solitarias, abandonadas por el tiempo, tal como él.
Al anciano Renán ya no le quedaba llanto, a diferencia de Leadro. Aún le quedaba vida, pero no lágrimas. La peor de las amarguras vividas en meses acababa de pasar por su oído, mas sólo sirvió para apenas humedecer sus ojos enrojecidos. Y así, en esa simplicidad, en esa sencillez, tal vez su alma lloró por Pizarro, su camarada muerto.
Sólo la muerte reunía al Comité, ya a esas alturas: recordar fallecidos, despedir fallecidos. Habían pasado unos pocos minutos desde el mediodía en el funeral, y el cortejo para dar el adiós a Pizarro había llegado bajo un Sol primaveral y potente, contrarrestado sólo simbólicamente por el fresco verdor del Cementerio Parque El Prado, en avenida La Florida. Es uno de los camposantos "verdes" que ha crecido en el contorno de Santiago, pues es claro que ha cambiado ya hasta la forma de irse a la tumba en nuestra sociedad.
Tras haber llegado atrasado a la Parroquia San Vicente de Paúl en La Florida, desde donde salió la caravana fúnebre, el siempre impredecible destino quiso ahora que un simpático matrimonio de correligionarios y contemporáneos de la vieja generación, quedaran "atrapados" en el estacionamiento cuando un irrespetuoso y bruto taxista anónimo estacionó imprudentemente su vehículo tras ellos, bloqueándoles la posibilidad de salida. Así, tras preguntarles por la dirección de la caravana, ofrecí llevarlos hasta el cementerio en mi automóvil.
En el trayecto buscando alcanzar el cortejo, conversaba amenamente con la señora, quien a poco de conocerla ya comenzaba a manifestarse como otra fiera convencida de sus mismas ideas de ayer. En un momento, además, su marido me preguntó si conocía las bellezas naturales de nuestro país y si alguna vez había visto los "fabulosos colores de los cerros del Valle de Elqui". De un viajero a otro, se vuelve nuestro diálogo, y así llegamos a nuestro destino. Allá encuentro a don Leandro, a Sergio y a Antonio de Concepción; estaban todos los otros, los que fueron camaradas en ese pasado que, para ellos, seguía tan fresco, tan palpitante. Todos esos viejos luchadores, excompañeros entre sí, de batallas más perdidas que ganadas... Casi todos los que aún podían ponerse de pie e incluso los que no, estaban presentes.
No había demasiadas lágrimas. No son necesarias, salvo para sus más cercanos familiares. Los rostros de una generación perdida, una "generación fusilada" en el ayer, volvían a reencontrarse en el poco presente que quedaba aún a sus descuentos de vida, quizás a reconocerse con sorpresa o bien con estupor. La cortina entreabierta develaba almas involucradas en la misma tragedia y rodeando a otra que partía, reclamada por la muerte que la había perdonado hacía seis décadas, por un favor divino o una irrepetible casualidad.
Allí estaban ellos, entonces, al final de sus años, como contando en reversa sus días... Aquellos que antaño habían celebrado a su camarada sobreviviente, que ahora partía antes que los demás y como preguntándoles con sarcasmo, acaso, de que valió salir vivo, si al final de la senda la única que espera a todo hombre es la muerte, por heroico, martirial o profano que hubiese sido su sacrificio.
Y en el momento del descenso del ataúd a su calabozo final de tierra, comenzó a sonar en las gargantas esa hermosa canción tomada por el movimiento desde las partituras militares y que se entonaba al final de cada reunión del Comité por el Recuerdo de los Mártires del 5 de Septiembre, en la placa memorial del Seguro Obrero o en el monolito de los Mártires del Cementerio General. Originalmente basada en un poema de Ludwig Uhland, de 1809, la marcha fue musicalizada por Friedrich Silcher en 1825 y la adoptamos por estas latitudes traducida como "Yo tenía un Camarada", adaptada por los nacistas con la siguiente letra:
Yo tenía un camarada,
otro igual no encontraré.
Si al fuego el clarín tocaba,
siempre a mi lado marchaba,
al mismo paso y compás,
al mismo paso y compás.
En las filas del nacismo,
camaradas todos son;
camarada es el obrero,
camarada es el patrón,
camaradas todos son.
Silbando viene una bala,
¿para mí o para él?
A él le tocó, lo siento.
Yace a mis pies sangriento,
como un pedazo de mí,
como un pedazo de mí.
¿Puedes darme tú la mano,
mientras yo cargo el fusil?
No puedo dártela, muero,
vive feliz compañero
sé valiente y varonil,
sé valiente y varonil.
Y si un día un camarada,
cae muerto en una acción,
todos juntos cantaremos,
como un adiós postrero,
esta última canción,
esta última canción.
Las despedidas del último sobreviviente fueron emotivas. Los adioses parecían agregar un eco al aire que dice del dulce drama de aquellos hombres y la marca a fuego de sus vidas, ya en el crepúsculo de las mismas... Un adiós, un apretón de manos o hasta un "hasta luego" pueden ser los últimos en estos encuentros, y todos lo saben, aunque también lo evaden. Sin embargo, en esta situación, los protocolos son inútiles, porque la sombra de la muerte queda más cerca que nunca de ellos, al anunciarles y recalcarles sin diplomacia la amenazante etapa de existencia en la que están, internándose por las nueves y lluvias del invierno de la existencia humana.
Fue este el adiós para Carlos Pizarro, entonces, un último entre los últimos.
¿Quiénes eran estos seres que parecían no ajustarse ya a ningún perfil de lo que podemos considerar tipologías generacionales, o modelos políticos vigentes? ¿De qué nido perdido en la historia provenían? ¿Hacia qué destino también extraviado y ya evaporado en la realidad marchaban?
No eran de este mundo, ni de este orden. Fueron como un cuño en la línea cronológica, no de esta Tierra, a pesar de que intentaban serlo desesperadamente. No comprendieron que su valor se encontraba, justamente, en esa diferencia que quisieron eludir con angustia y a veces con vergüenza, tragados por los valores y la perspectiva lineal de la posverdad y la realidad consensuada; por cumplirle a la misma corrección política que no los aceptaría jamás, ante su falta de respaldo de un grupo ideológico que le diera soporte a su memoria. Y eso era lo más lamentable, porque tras el desastre de 1938, comenzaron a comportarse en el límite de lo que significa coherencia y respeto a los ánimos que tuvieron en su plenitud. Algunos de ellos, como el propio Pizarro, más tarde se aproximaron a la Democracia Cristiana, a pesar de que en su juventud se batían a cinturonazo limpio con los cuadros de choque de la Falange Nacional.
Los representantes de esa generación del nacismo chileno, atrapados en la espiral del anatema, prácticamente dirigieron todos sus esfuerzos a un aspecto tan secundario como negar toda presunta influencia con tufillo a III Reich sobre ellos. Sin embargo, el prejuicio y la inquisición política se impondrían de todos modos, pues era inevitable: el mismo cargo que se le perdonó a partidos como la Democracia Cristiana, de origen corporativista y con influencias germinales recibidas desde el fenómeno fascista europeo (ver trabajos como "El Partido Demócrata Cristiano Chileno" de George Grayson y "Chile: de la Falange Nacional a la Democracia Cristiana" de José Díaz Nieva), jamás fue expiado ni indultado para el Movimiento Nacional Socialista de Chile de los años 30. Más aún, la moralina politiquera repitió los cargos hasta convertirlos en verdades para su prontuario, atándolo así a un lastre buscando su hundimiento en los pozos abisales de la memoria histórica.
Así, al apartarse los viejos estandartes de toda posibilidad de haber podido explicar sus puntos y sus inspiraciones, concentrados dirigiendo esfuerzos a esta demanda, la realidad acabó sepultándolos cada vez más en el olvido, en el desdén. Cualquier pregunta al respecto los alborotaba, los asustaba y hasta les caía como un castigo, provocándoles una acidez instantánea, o un ataque de calambres al espíritu.
También trataron de ocultar el sentimiento original que animó a los alzados, como era previsible. Pretendieron que el claro intento de golpe del 5 de septiembre correspondía a un mero llamado de atención para tratar de "garantizar" elecciones limpias aquel año, pues todo hacía prever que el candidato y exministro de Alessandri sería llevado por cohecho al poder presidencial. Sin embargo, esto habrá sido -cuanto mucho- sólo el detonante de la rebelión: es claro que los nacistas buscaban iniciar, a partir de un pequeño grupo de alzados, una progresión de levantamientos que pasarían por la insurrección del Ejército y culminarían poniendo al candidato Ibáñez del Campo en el poder... Pero nada de esto ocurrió.
Las revisadas dos cartas de los mártires demuestran que sabían lo que les esperaba; tenían la sospecha, si no. Había un aire en el ambiente que lo anunciaba.
- Sabíamos del peligro -me comentó una vez don Leandro-. A pesar de la rapidez con que se organizó todo, se previó el peligro. Se permitió la presencia de hermanos como los Thennet, los Magasich y los Jorge Jeldres, pero nadie debía tener hijos. Se trató de que ninguno de los involucrados fuera padre aún.
En efecto, había algunos mártires que habían contraído recientemente matrimonio, como Víctor Muñoz Cárdenas y Guillermo Cuello. El mártir Efraín Rodríguez estaba cerca de serlo, pues su esposa se encontraba a punto de dar a luz por el día de la inmolación. Otros, simplemente eran demasiado jóvenes como para tener familia, como Alberto Murillo o Renato Chea. Cada uno tenía su historia, su pasado y su futuro; su futuro súbitamente cortado.
A mayor abundamiento, los alzados habían elegido los lugares de su asonada incluso con el símbolo ideológico: la Casa Central de la Universidad de Chile, representando al poder del conocimiento y del estudiantado, y la Torre del Seguro Obrero, por el segundo grupo, representando a la clase trabajadora de Chile. Mas, fueron aplastados y quienes les aseguraron apoyo revolucionario, se volcaron a la traición y la cobardía. Se conoce el resto de esta sucia historia: al detener a los de la Universidad y conseguir su rendición, fueron trasladados hasta el Seguro Obrero, en donde son reunidos con los demás alzados y asesinados con una crueldad vesánica. Y siendo cierto que el grupo que se apoderó del edificio del Barrio Cívico dio muerte a un carabinero de apellido Salazar que se encontraba en el lugar, grave crimen que ocurrió cuando el uniformado intentó sacar legítimamente su arma, si el afán de los alzados hubiese sido directamente el de provocar muertes, habrían empezado por el propio Alessandri, que se paseó frente al Palacio de la Moneda varias veces esa mañana, a perfecto alcance de las armas de los insurrectos.
Para quien quiera saber de las circunstancias en que se dio el asesinato de estos muchachos, recomiendo la obra "Masacre, ¿Por qué los asesinaron?", escrito por tres de los máximos representantes del Comité por el Recuerdo de entonces: Oscar Jiménez Pinochet, Juan Antonio Salinas y Enrique Zorrilla. Lamentablemente, este libro también gasta parte de sí en el interés de desvincular al nacismo chileno de ideologías foráneas, además de maquillar con mantos de mayor legitimidad las intenciones del conato. Autores suscritos al nacismo, como Miguel Serrano y Juan Diego Dávila, jamás les perdonaron este drástico cambio de imagen. A su vez, miembros del Comité no perdían ocasión para criticar a Serrano por la línea que adoptó a lo largo de su vida y obra.
Ya parece casi como un episodio fantástico, entonces, el que alguna vez un grupo de jóvenes chilenos le cantaran a la unión de "los hijos del palacio y del taller", al "orgullo de raza de chilenos" y al la necesidad de que "cuando el alma está bien sana y el cuerpo lo está también debe reinar la alegría, debe haber una mujer", con esos cánticos que caracterizaron las reuniones del movimiento y a esta cofradía política en particular.
Lamentablemente, por todas las razones descritas y otras aún más penosas, la sangre de los mártires fue escondida y torcida por las posteriores generaciones, desconociendo lo que ocurrió en verdad ese 5 de septiembre de 1938, o bien negándolo, arrojándole deliberadamente la omisión inquisitiva. Los propios nacistas hicieron su parte esta desidia, por desgracia: es sabido que, después de la masacre, el más alto jefe del nacismo, Jorge González von Marées, ordenó desde la cárcel dar ese apoyo que fue fundamental para el triunfo de Aguirre Cerda y las fuerzas populares, por primera vez en la historia electoral chilena. Pero de ahí en adelante, este líder sólo se dedicó a desmantelar en movimiento tanto en sus símbolos como en sus ideas, cambiando de bandera, de saludo protocolar y hasta de himnos. La experiencia de la Vanguardia Popular Socialista, en la que se convirtió el movimiento tras haber sido herido de muerte, no fue más que un ensayo de su propia destrucción, su harakiri. Finalmente, González von Marées se entregó por completo al servicio del responsable por la muerte de los mártires, Arturo Alessandri, llegando a ser su brazo derecho. Las fracciones de nacistas como Carlos Keller se mantuvieron unidas y activas, pero la traición del exjefe desconcertó a todo el mundo... Fue el tiro de gracia para el movimiento, más bien.
González von Marees moriría en 1962 a la sombra de su propio pasado, atormentado y alcohólico. La tormenta que desató dentro de sus camaradas de ayer dejó a la deriva a todos ellos, perdidos, permeables al daño externo, quebrándoles la voz al recordar esta segunda tragedia. Algunos, en la confusión, comenzaron a hacer lo mismo: navegar sin rumbo en las aguas de la vida física, buscando aleros políticos sin gran lucimiento. Cayeron presas del pánico, de la incertidumbre; naufragaron o simplemente se ahogaron. Sus vidas se fueron extinguiendo como el aceite de una lámpara y así, poco y nada quedaba de muchos de ellos, para cuando partía Pizarro y terminaba de extinguirse la generación, simbólicamente, con su muerte.
Recuerdo cuando le pregunté a Gonzalo Herreros su opinión sobre lo ocurrido en torno a González von Marees y su traición al recuerdo de sus propios mártires, él bajó su cabeza y, tras los anteojos oscuros, sus ojos ciegos se llenaron de humedad. "Preferiría no tener que hablar de eso, por favor", me dijo en voz baja, atravesando un sendero de profundo dolor interior. Lloraba al recordar el estado en que había quedado su hermano tras la carnicería, luego de tocar reconocerlo; y volvía a llorar con el golpe traicionero del que fuera antes el Jefe, González von Marées.
Placa conmemorativa de la Masacre del Seguro Obrero, en el ex edificio actualmente ocupado por el Ministerio de Justicia.
Monolito de homenaje a los Mártires de la Masacre del Seguro Obrero, en el Cementerio General. Su construcción fue una iniciativa de Doña Florencia Gillet, madre de los hermanos Thennet asesinados en la torre. Con ayuda de Juan Diego Dávila, miembro del movimiento, pudo reunir los restos de varios de los los mártires, que habían sido arrojados en fosas comunes, para sepultarlos en un sector del Cementerio General donde fue levantado este monolito. Bajo el mismo, están sepultados 25 de ellos, mientras que los demás yacen en tumbas familiares.
Oscar Jiménez Pinochet, por su parte, considerado por algunos como el "segundo" al mando del movimiento, tras su paso por el ibañismo y el agrolaborismo, se hizo cada vez más proclive a la izquierda radical y llegó a ocupar la cartera de Salud en el primer año de Gobierno de Salvador Allende, partiendo después a cargos diplomáticos en Hungría, en donde los sorprendió la noticia del 11 de septiembre de 1973, regresando a mediados de esa década a Chile. Falleció en marzo de 1994. Dos de sus hijos también llegarían a ser ministros de Estado.
Antonio Cabello, en cambio, terminó insistiendo majaderamente en que la matriz de la inspiración -y acaso la única- del nacionalsocialismo criollo, fue la Doctrina Social de la Iglesia, a pesar de que quizás hasta él mismo participó en las peleas callejeras con los falangistas en los años 30. Su iluminación mística fue el refugio que tomó para sí tras el ocaso del movimiento, según recordaban en pasillos y cuchicheos algunos en el Comité, por entonces.
Mientras tanto, Galvarino Sepúlveda -para quien había transcrito en mi pequeño estudio en la casa de mi padre algunas cartas, que posteriormente publicó en la prensa- acababa sudando y alterándose ante cualquier clase de asociación con la swástica, por anodina que fuera, como si viera el rostro del Diablo en persona. Aún lo recuerdo intentando enfrentar solo y desde su mediana altura, a unos muchachones nazistas (con z) que llegaron portando banderas y pendones del III Reich al final de la ceremonia de la mañana del 5 de septiembre de 1999, organizada precisamente por el Comité por el Recuerdo. Altos, atléticos, fornidos y seguramente muy poco dóciles jóvenes que, si hubiesen querido, habrían aplastado al viejo y ya cansado Galvarino, pero resultaron ser razonables y respetaron la antigüedad, para su fortuna.
Otros, como Herreros y López, además de enfrentar el ocaso, fueron enceguecidos y así resistieron, castigados por un rayo cegador sin volver a ver el mundo del que alguna vez fueron parte, obligados ahora a meditar en su propia y permanente oscuridad sobre todo lo que ha ocurrido. Pizarro, como dijimos, acabó inválido, atrapado en su silla de ruedas, tal como López.
Por su lado, don Pedro Godoy, nuestro estimado profe del Centro de Estudios Chilenos, pasó de su virtuosa vida académica a un estado de gracia al alero de discursos fervorosamente americanistas, donde halló cobijo. Empero, cayó desde sus contundentes proclamas y planteamientos patriotas de ayer, hasta la mera defensa de la entrega de Laguna del Desierto y Campos de Hielo Sur en aras de imaginarios conceptos de unidad continental, la apología de las peticiones bolivianas de entrega de territorio costero nortino, las arremetidas constantes contra Portales, Carrera, Condell y todo héroe nacional que no sea uno de los sacrosantos O'Higgins o San Martín... Más aún, las últimas veces que le vi en estas actividades, no me reconocía ya, porque no era el mismo... Y no ha vuelto a serlo, según creo, con todo el afecto que merece.
Algo parecido sucede a los familiares. Doña Florencia Thennet, distinguida dama de modales refinados y de enorme dulzura, sobrina de los camaradas asesinados Luis y Héctor Thennet, intentaba en cada conversación y casi desesperadamente, establecer una diferencia profunda entre nacistas y nazis, logomaquia a la que se sentía justa y necesariamente obligada, por las circunstancias y los prejuicios ambientales que resultaron inevitables, en mixtura con la inefable ignorancia de masas. Pero era una causa perdida, en verdad: no se puede detener una estampida con un látigo.
Haría una distinción especial con Enrique Zorrilla, quien fue el auténtico y principal líder de los integrantes del Comité por el Recuerdo de los Mártires... Sí, lo haría, porque si Cabello, Herreros o Pizarro vivieron entre las repercusiones de una tragedia, sus propios excamaradas admitían que Zorrilla nunca fue el mismo después de los hechos, tras la traición de González von Marees, y tras su propio enrolamiento en las filas de la Democracia Cristiana. El drama de su generación fue demasiado para sus hombros, quizás.
En los actos o entrevistas, don Enrique sacaba de sí una áspera voz, un caudal de oratoria, pero ya no había esa energía hipnótica que los más antiguos tuvieron el privilegio de conocerle. Sin duda, se trató de un gran hombre, valiente, generoso e idealista, pero diríamos que la carga de su pasado acabó debilitándolo. Habiendo sido un grande entre grandes, en aquellas tardes de ceremonias conmemorativas, apenas podía ser distinguido entre la muchedumbre: reducido, tímido, casi sin presencia. Quizás, el aluvión causado por González von Marees lo arrastró también al caos, como acosado por fantasmas que sólo él podía ver. Su experiencia como diputado demócratacristiano en los 60 y luego como diplomático, no bastó para exorcizar sus demonios y traumas. Una y otra vez repetía lo mismo, a veces en una misma conversación: el intento de alzamiento del 38 era sólo una manifestación de protesta, el movimiento nacista era "democrático", etc.
A pesar de todo, Zorrilla se refería cariñosamente a la gente joven que se acercaba al Comité como la "sabia nueva", la "generación del relevo" y otras definiciones por el estilo, intentando demostrar alguna esperanza, mientras, en curiosa ironía, por momentos exteriorizaba lo que parecía ser una suerte de amargura o pesimismo escondido en una personalidad. Las poquísimas veces en que lo llamé por teléfono, siempre por razones precisas o técnicas, contestaba en forma parca y casi desagradable: parecía estar a la defensiva, me parece. En una oportunidad en que telefoneé por recomendación de doña Florencia para consultar por uno de los libros distribuidos por el comité, me respondió molesto que estaba enfermo, haciéndome notar su voz ronca por algún resfrío, para colgar lo antes posible. Fue la última vez: nada había ya que hablar, pues él lo había dicho todo en la vida, y la vida había dicho todo de él también.
Zorrilla, ese hombre excepcional perseguido por sus dolores y ánimas, falleció casi exactos 11 años después de su amigo Pizarro, el 23 de noviembre de 2009. Su partida fue como el cierre de telón y el apagado de luces en el escenario político de una obra que llevaba años ya concluida, con su público retirado y las puertas del teatro cerradas.
Los años que transcurrieron extinguiendo a aquella generación, son sólo un instante inofensivo en el devenir de los tiempos, de las épocas de nuestro país, de los ciclos del destino. Los últimos miembros, de esta manera, han desaparecido casi por completo, pero dejado un legado invalorable de memorias y nostalgias, quizás sin haber tenido consciencia de ello... De alguna forma, por alguna feliz maravilla, a pesar de toda la ignominia y falta de memoria para la tragedia de 1938, el desdén ha sido conjurado y los mártires no han podido ser olvidados.
"Lo irreal no existe y lo que es real nunca deja de existir", dice el libro Bhagavad-Gita de la India... "Hay otros mundos, pero están en éste. Hay otras vidas, pero están en ti", sentenció el poeta Paul Éluard... Y como el mito de la Flor de la Higuera, esa flor que existe cuando no debería existir, el recuerdo de toda esta generación ya extinta confirma estas premisas: la perpetuidad de una generación que fuera determinada históricamente por sus mismos mártires, a través de cuya memoria continúan existiendo, ya después de haber existido.

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