domingo, 4 de junio de 2017

MITOS Y MISTERIOS DE LA CUEVA DEL INCA Y OTRAS CAVERNAS DEL MORRO DE ARICA

La desaparecida entrada a la Cueva del Inca, en el Morro de Arica. Atrás a la izquierda por encima del peñón, se alcanza a ver la bandera chilena flameando en la cima del Morro. Fuente imagen: periódico digital El Morrocotudo.
Coordenadas: 18°28'48.63"S 70°19'31.03"W
Este 7 de junio, como es tradicional, se celebra la épica Toma del Morro de Arica de 1880, una de las hazañas más notables de la Guerra del Pacífico y que hizo caer bajo la bandera de Chile la ciudad bastión aliada. Es uno de los días favoritos del año para la ciudadanía ariqueña, celebrado incluso en su himno, al aludir a la enorme bandera que "con las glorias de junio se cubrió" y que ha permanecido flameando en su cúspide desde entonces.
A pesar de la enérgica historia militar que define la identidad del Morro de Arica, sin embargo, sus monumentos a los héroes, sus conmemoraciones y su museo de sitio conviven también con una parte de profundo valor cultural y legendario, referido a las cavernas y galerías interiores que forman parte de la geología natural del gran peñón y en las que se han hecho hallazgos interesantes, que van desde restos de naturaleza arqueológica hasta partes de uniformes e indumentaria de la Guerra del Pacífico.
Se sabe también que una gran grieta o socavón que existía hacia el lado de la actual Plaza Vicuña Mackenna fue usada como parte del campamento por los soldados chilenos tras caer la ciudad, sirviendo para sus arsenales y cubriéndolo con una gran lona mientras estuvo siendo empleada de esta forma. Esta gran apertura entre las rocas se distingue en las fotografías antiguas el Morro de Arica, pero su murallón fracturado fue removido en época posteriores, aunque aún puede ver la falla en la roca donde estaba la grieta.
Una mirada detenida a las caras del gran peñón, todavía deja al descubierto la presencia de estas galerías y sus entradas, con sus bocas por diferentes alturas del mismo. Son grietas de diferentes tamaños, por las que a veces pueden verse entrar y salir a los jotes. Quienes las han alcanzado aseguran que están colmadas de excrementos de aves marinas. Algunas están parcialmente tapadas con arena y material derrumbado, pero la más importante de ellas, sin embargo, permanece totalmente cubierta desde hace unas décadas: la Cueva del Inca, enorme túnel que existía más o menos enfrente de la Isla Alacrán, y que se creía formado por causas naturales en las que habrían participado terremotos y corrientes interiores de aguas.
La más popular de las leyendas al respecto, y que podría ser la más antigua de la mitología ariqueña, además, dice que la Cueva del Inca era utilizada por los chasquis para llevar pescado fresco hasta el Emperador y especialmente para la exigente Emperatriz  Mama Ojiu, en el corazón del Imperio Incásico, en el Cuzco, quien lo exigía a diario en su mesa. De ahí su nombre y la fantástica leyenda de que la ruta subterránea llegaría hasta aquella ciudad capital imperial, cubriendo la enorme distancia en tramos de tiempo extraordinariamente cortos, de media semana o menos. Los emisarios encargados de estas postas habrían sido los conocidos como "indios morrenos", moradores que realmente vivían en este lugar, según constataciones tempranas, aunque su labor llevando pescado fresco hasta el Cuzco sea sólo un mito.
A mayor abundamiento, los españoles habrían visto y descrito a los "indios morrenos" en el siglo XVII, y cierta creencia interpreta que eran algo así como guardianes de estos secretos subterráneos, de la misma manera que algunas tribus pieles rojas habrían oficiado como custodias y guardianas de las entradas a los refugios de los dioses, en el subsuelo, según el folklore de aquellos territorios. Hay varias similitudes entre la Cueva del Inca y otras leyendas internacionales sobre las entradas al mundo interior, además.
El historiador y costumbrista peruano Rómulo Cúneo Vidal contó algo ya sobre este curioso relato del folklore ariqueño, en su trabajo póstumo "Historia de la fundación de la ciudad de San Marcos de Arica", donde reflexionaba:
"No hay tradición de que Incas reinantes hayan pisado, durante los días clásicos del Imperio Peruano, el territorio ariqueño, por mucho que al pie del histórico Morro se vea una ancha gruta, conocida como la cueva 'del inca'.
¡Las consejas que, durante los años de nuestra niñez, hemos oído referir a viejos vecinos, en nuestra natal ciudad de Arica, acerca de la dichosa cueva!... Y es que en todas las latitudes conocidas de la tierra las grutas han tenido la virtud de dar pábulo a leyendas, más o menos pintorescas y más o menos inverosímiles, que los pequeñuelos escuchan, pasmados, de boca de sus mayores.
¿No fueron, en verdad, las grutas la primera habitación del hombre?
¿No formuló el hombre, bajo de su comba bóveda vestida de estalactitas, las primeras preguntas, inquietas, a su propio yo, acerca de sus lejanos y misteriosos orígenes, a la vez que acerca de su remoto e incierto destino?..."
Luis Urzúa Urzúa, por su parte, proporciona información importante sobre la caverna en su obra "Arica, puerta nueva", también meditando sobre las creencias que la rodean:
"Gobernaba en El Cuzco Yahuar Huaccac (1348-1379) de quien se asegura que visitó Arica, encontrándolo un lugar propicio para salir al mar, que podía proveer de alimento su real mesa y de excelentes abonos la mezquina agricultura de la sierra.
Los proyectos del monarca encontraron tropiezo en la enorme distancia que separa la capital incaica del puerto, aumentada con los obstáculos del terreno y rigores del clima. La fantasía popular ha resuelto el problema del pescado fresco en el palacio imperial, prolongando la caverna del Morro hasta las colinas de Sacsayhuamán. Esta imaginaria galería evita las desigualdades topográficas, protege del ardiente sol y constituye una admirable cámara frigorífica. Sólo faltaría haber adelantado los cultivos de la vid en el valle de Codpa, para agregar unos huacos con Pintatani ajerezado, de modo que el soberano pudiera sentirse el hombre más satisfecho del Tahuantinsuyo.
¿Quién inventó esta suposición tan fabulosa que está en los labios de todos los que hablan del pasado precolombino de Arica? Si tuviera base de credibilidad sería una obra comparable con la gran muralla china, considerada la más costosa iniciativa realizada por el hombre sobre la tierra. Parece un exceso que el gusto por el pescado pueda haber sido un resorte para movilizar las colosales energías que hubiera demandado el túnel de más de mil kilómetros. Aunque no se nos oculta que el descubrimiento de América se debe a la afición de los europeos por la pimienta.
No han faltado personas que hayan tratado de descifrar esta incógnita para salir, si no a El Cuzco, a lo menos al valle de Azapa".
En efecto, muchos aventureros que se atrevieron a explorar este frío y húmedo sitio en el pasado, dejaron testimonio de asombrosos hallazgos en su interior: lagunas subterráneas de agua dulce y de agua salada, criaturas extrañas, galerías anexas que conectarían con el no menos enigmático destino de las roqueras de El Infiernillo y de la Isla Alacrán, y en casos más fantásticos, hasta las Cuevas de Anzota. Fantasmas, apariciones macabras, quejidos femeninos y un extraño resplandor blanquecino formaron parte de ciertas descripciones de una experiencia en tan intrigante sitio. Otros hablan de una gran cámara o bóveda en el camino, con una laguna de agua dulce y pozos que daban a corrientes subterráneas, escondidas entre la falta total de luz. A su vez, varios trabajadores de la extracción del guano o de las faenas extractoras de material del Morro para el puerto, tenían en su época sus propias experiencias para contar sobre la famosa caverna y otras menores, que quizás recuerden sus familias en la actualidad.
Uno de los testimonios más antiguos sobre la caverna pertenece al religioso y naturalista francés Louis Feuillée, quien había conocido Arica en 1710, publicando cuatro años después, en París su obra titulada "Journal des observations physiques, mathématiques et botaniques, Faites par l'ordre du Roy sur les Côtes Orientales de l'Amérique Méridionale". Cuenta allí que intentó una expedición a la cueva con otras personas, debiendo reemplazar sus antorchas con maderas encendidas cuando aquellas se apagaron en la entrada, producto de bocanadas viento que emanaban desde adentro. Llegaron al borde de un inmenso y oscuro precipicio al interior, arrojando una piedra que sonó de manera tal, que les reveló la presencia de una masa de agua al fondo de la misma.
El arqueólogo y viajero británico William Bollaert, por su lado, estuvo en Arica en dos ocasiones: 1825 y 1854, publicando en Londres, en 1860, su trabajo titulado "Antiquarian, ethnological and other researches in New Granada, Equador, Peru and Chile". En su segunda visita, cuando se estaban construyendo los ferrocarriles y mucho del material empleado era removido del propio Morro de Arica (especialmente para extender los terraplenes en la orilla del mar), se dio con un cementerio indígena con cuerpos sepultados a poca profundidad, sentados y separados entre sí por muros. Bollaert pudo conocer esta noticia y lo habría motivado a explorar la Cueva del Inca, donde también creyó estar frente a un cementerio, dado que pudo encontrar restos humanos en la misma y "porque en su boca hay pintadas pequeñas figuras rojas de hombres, animales" y otros motivos.
Bollaert revela también a que no se pudo encontrar el fondo de esta cueva, pero que sería parte de un sistema natural de cuevas, tanto la de El Infierno que, según parece, sería la misma que la Cueva del Inca o Cueva Grande, y que para él es doble, y El Infiernillo, a poca distancia de allí, en el borde costero. Comenta también que el antiguo vecino ariqueño George Taylor, había intentado encontrar el final de la misma cueva en 1827 junto a un amigo, llegando a recorrer unas 2.000 varas hasta que la falta de luz, el aire viciado y los murciélagos (que confundió con gallinazos), lo obligaron a devolverse.
Taylor, para entrar en detalles, había entrado buscado un supuesto tesoro en la caverna del Infierno o Cueva Grande, del que hablaremos algo más abajo, ya que se suma a las leyendas del mismo lugar. Bollaert, por su parte, intentó recorrer por su cuenta la temida cueva "chica" de El Infiernillo, que se cree hasta hoy conectada con la del Morro y por la que ha llegado a desaparecer una embarcación completa arrastrada hasta sus oscuros abismos, según la tradición.
Cabe señalar que otro sabio francés, Alcides d'Orbigny, había explorado la caverna poco antes, en 1830.  Recordando esta visita, en su "Voyage en Amérique méridionale", también habla de la cueva mayor como El Infierno:
"Las rocas están más desgastadas al acercarse a la punta, donde penetra muy adentro una vasta caverna natural. Esa gruta lleva en el país el nombre de Infierno y sirve de tema a muchos cuentos populares".
D'Orbigny cuenta, además, de su paso y estudio de la otra caverna terrorífica de Arica, la mencionada del El Infiernillo, que ha estado tradicionalmente asociada a la Cueva Grande, como dijimos que se le denominaba entonces a las del Morro, propiamente dicha.
Vista del Morro de Arica y sus jardines.
Vista lateral del Morro de Arica.
Sector de los mismos derrumbes que taparon la Cueva del Inca. Las pircas de piedra retienen parte del material que ha seguido desplazándose en tiempos más recientes.
Adicionalmente, se habla de tesoros enterrados en la cueva por incas, piratas, españoles o los propios peruanos más acaudalados residentes en Arica, que escondieron allí sus riquezas al momento de caer la ciudad en 1880 (evitando que los tocara la soldadesca chilena). La tradición más extendida supone que hay un fastuoso enterramiento incásico de oro y joyas acá adentro de la caverna principal, y que formaban parte del plan de rescate del Emperador Atahualpa pactado con Francisco Pizarro, intentando reunir riquezas desde todo el imperio para pagar con él por su vida. Empero, cuando el cacique Moquegua se enteró de que Atahualpa de todos modos iba a ser asesinado o que ya había sido ejecutado, decidió poner a buen resguardo su parte de aquella riqueza, escondiendo una mitad en Locumba y otra en el Morro de Arica, en la Cueva del Inca.
Las risas y gemidos que se oían dentro de la caverna, según algunas versiones del mito, serían entonces la forma en que el espíritu de la Emperatriz Mama Ojiu celebra aún que el tesoro haya sido salvado y siga allí escondido.
Un detalle perturbador es que muchos intentos por explorar las profundidades de esta cueva y llegar a sus míticas lagunas interiores o salidas distantes, fracasan por el aire enrarecido que va extenuando y desesperando hasta el ataque de angustia a quien ose tomar la prueba. Según la versión que acoge brevemente Oreste Plath en su "Geografía del mito y la leyenda chilenos", esto se debe a una maldición dejada por los propios incas en las cavernas, que volvió al aire interior envenenado para proteger el tesoro.
Posteriormente a los terremotos de 1868 y 1877, además, grandes tramos de estas galerías habrían quedado obstruidos total o parcialmente, por el desmoronamiento de algunas piedras, haciendo desesperantemente estrecho el paso en algunos de ellos.
Recopilaciones de testimonios hechas por el importante investigador local Alfredo Raiteri Cortés, hombre de enorme valor intelectual cuyo nombre se ha dado a la Casa de la Cultura de Arica, permitieron rescatar otras descripciones asombrosas de lo que había dentro de la cueva, por parte de quienes alcanzaron a conocerla y aventurarse en las entrañas ariqueñas todavía hacia el 1900. Dice este autor:
"...existían en Arica antiguos regionales que aseguraban haber entrado en dicha cueva, haber visto una gran laguna de agua salada que creían que era alimentada por un canal subterráneo, cuya bocatoma está entre las rocas en la costa hacia el norte del Morro, y que en la actualidad se le llama el Infiernillo. Al referirse a la laguna, manifestaban que era tan grande que se podía atravesar en pequeñas canoas y que el camino dentro de la cueva, al otro lado de la laguna, era tan espacioso que dos personas podían transitar cómodamente sin molestarse, pero, que era imposible tener la luz de las velas encendidas, porque a veces el viento, otras la carencia de oxígeno, las apagaba continuamente, lo que les hacía insostenible internarse en ella".
Como vemos, estos testigos habían asegurado existía en su interior una gran laguna de agua salada, conectada de alguna forma al mar. ¿Tendría algo que ver con la creencia de que se llevaba por ella el pescado fresco a tan distante destino como el Cuzco, manteniéndolo vivo un rato más allí dentro en esas aguas?
Por su lado, dice don Hermann Mondaca Raiteri (nieto de Alfredo Raiteri y quien me ayudó a identificar el lugar en donde estaba la Cueva del Inca, hace pocos años) que hubo una gran expedición de gente joven en 1914, que pretendía llegar al final de la Cueva del Inca de una vez por todas. Sin embargo, esta experiencia resultó más frustrante todavía que las anteriores y que se hallaban menos equipadas: encontraron obstrucciones a 200 metros de distancia desde la boca de acceso, por lo que retornaron temerosos de estar arriesgando demasiado o bien al no poder hallar otra vía para evadir esos derrumbes.
Alfredo Wormald Cruz, en su "Frontera norte", informa que, hacia 1930, se organizó otra excursión, también con la intención de llegar al final de la misma llevando linternas y otras herramientas. Trataron de vencer los temores a la oscuridad, los murciélagos y la fetidez del aire enrarecido, además del peligro de caer en algún hoyo o tropezar con las propias historias de terror que rondan a este sitio.
Sector de derrumbes del Morro.
Antigua entrada de las cuevas del Morro de Arica, en donde se había colocado la Gruta de Santa Teresita de los Andes, en ruinas desde el último gran terremoto que provocó desmoronamientos que destruyeron el pequeño santuario.
Sin embargo, pasado un rato ya, el grupo de personas comenzó a caer en el inevitable miedo, intentando mantener la compostura tanto como les fue posible. Habían avanzado bastante cuando, en un momento, comenzaron a escuchar en la oscuridad un sonido semejante a una percusión siniestra: un "bom, bomm, bommm, boommmm", como si algo se acercara emitiendo también carcajadas fantasmales que erizaron los pelos a todos y los puso bajo dominio del pánico, escapando horrorizados del lugar. El regreso hacia el exterior fue un terrible calvario de gritos, tropiezos, caídas, codazos, empujones, golpes de cabeza contra las salientes del las rocas, volviendo a la luz del día totalmente heridos, sangrantes, magullados y jadeando su fatiga.
¿Qué había sucedido? Pues, según detalla Wormald Cruz, un amigo de los expedicionarios se había enterado de sus planes para realizar esta aventura, y jugándoles una broma contrató a la última de las alguna vez famosas bandas musicales de negros que existían en Arica, encargándoles ubicarse lo más al interior que fuera posible dentro de la caverna para que, tocando el bombo y las matracas, les causaran un buen susto a los exploradores cuando los oyesen aproximándose por la galería.
"La desgracia para los negros fue que con los gritos de la gente y sus propios bombazos, también les dio miedo, así que zafaron por el túnel, ya convertido en pista de carreras, con la misma velocidad que los exploradores. Cuando estos los vieron aparecer en la boca de la cueva, se dieron cuenta de la burla de que habían sido objeto, y ahí fue Troya. Como satisfacción al amor propio, bastante mal herido, destrozaron el instrumental de la banda en las cabezas de los músicos, aparte de las bofetadas que, sin duelo y por parejo, también repartieron".
El autor terminaba de describir esta anécdota diciendo que, en su época en que escribía "Frontera norte", en los años 60, todavía estaban vivos casi todos los protagonistas de esta historia, razón por la que decidió omitir nombres, pues, "a más de uno no le va a resultar agradable verse mencionado en esta oportunidad".
Investigadores posteriores como Braulio Olavarría Olmedo, han continuado difundiendo el conocimiento sobre la Cueva del Inca del Morro de Arica, a pesar de que ésta no haya vuelto a ver la luz en tantos años ya. Artículos suyos han permitido conocer otro testimonios, como el relativo a la aventura de la profesora de gimnasia María Salinas y un curso del Liceo de Niñas que, en 1945, emprendieron su propia exploración en las galerías. Una protagonista del hecho, Wanda Gárate, contó al autor que se valieron de una larga cuerda para la travesía, pero justo cuando ésta se les iba a terminar, llegaron a "una lagunita" en una de cuyas paredes había una calavera dibujada y la inscripción "¡No continuar!", que las convenció de no seguir más allá.
Tiempo después, la joven Wanda repitió la experiencia con alumnos del Instituto Comercial, recorriendo la galería por varias horas hasta que llegaron a un extraño sector donde una luz se filtraba por un boquerón, identificando el lugar como un sitio enfrente de los terrenos de la ex Cancha de la Beneficencia, donde levantó más tarde el Hospital Regional Dr. Juan Noé, en 1952, abarcando 1.5 a 2 kilómetros, aproximadamente.
Olavarría verifica que había otras cavernas en las laderas del cerro, como una Cueva Entra y Sale, descrita por el viejo residente local Humberto Maturana Torrejón en el llamado Camino del Zorro del Morro, y una tal Cueva de Gálvez ubicada justo enfrente de la Isla Alacrán, según don Paulino Corrales que entró por ella en 1925 con compañeros de curso, pero que el autor considera podría ser la misma que Entra y Sale.
Una que estaba más cerca de la base y que después fuera bloqueada con tierra y convertida en una gruta de Sor Teresita de los Andes, fue conocida interiormente por doña Manuela Gandolfo Espinoza en 1945, quien con dos adultos y otros dos niños se internó por ella luego de excavar la arena que la bloqueaba. Tras avanzar dificultosamente por su estrechez, que les obligó a cortar algunas estalactitas para abrirse paso o avanzar de bruces, llegaron hacia una claridad, venciendo las inclinaciones y torsiones de la ruta, según le confesaba a Olavarría 50 años después:
"Al terminarse el túnel, la claridad fue total. Llegamos a una gruta gigantesca, como redonda y de más de cien metros de alto. Ver eso era impresionante. Al frente, había una pared con tres bocas como puertas de arco, igual que en esta otra parte donde estábamos nosotros. En el piso había un hoyo grande y que parecía ser también muy profundo. Yo sentí ganas de avanzar a esas puertas naturales, orillando por las paredes; pero desistí porque íbamos con niños chicos, muy llorones. Y, claro, también porque después no íbamos a saber cómo volver al punto de partida.
A mi derecha y a poca distancia divisé un cable de varias pulgadas de grueso. Me imaginé que debe de haber servido a los piratas o a los ariqueños de los tiempos de la Colonia para sacar agua del fondo. Así que estiré la mano para tomarlo, pero me ocurrió lo mismo que si hubiera metido la mano dentro de una torta fresca, porque quedó la huella y el cable se deshizo. Eso fue lo último, porque el resto del grupo empezó a decir que querían devolverse".
Un acceso actual entre las rocas, en la base.
Otro de los accesos, trepando la cara del Morro sobre sector de jardines palmares.
Durante los grandes trabajos de construcción del puerto, se usó otra vez una enorme cantidad de material removido de las caras hacia el Sur del Morro de Arica, para lo que se procedió a dinamitazos que cambiaron mucho la fisonomía de las laderas de esta formación, tal como había ocurrido con la construcción de los ferrocarriles en el siglo anterior. Nuevas leyendas se tejieron durante estos trabajos, como la supuesta aparición de un dinosaurio y otras propuestas ingeniosas de presuntos hallazgos. Mondaca Raiteri comenta que, en 1964 y producto de dichas obras, los derrumbes controlados dejaron al descubierto otro tramo de las galerías interiores, al parecer conectada con la matriz de la Cueva del Inca o Cueva Grande.
Las tronaduras de los años de la construcción, ampliación y mejoramiento del puerto en los 60, fueron ejecutadas por la casa de ingeniería del irascible y trabajólico español Raúl Pey Casado. Hay opiniones contradictorias sobre el señor Pey, supuestamente de cuestionado desempeño por entonces que incluyó accidentes en las faenas por desoír la experiencia de sus trabajadores, según unos; o, según otros, sólo injuriado en su memoria por su estilo imperativo y su forma de trato, que hirió algunas sensibilidades. Como sea, estos mismos trabajos dejaron tapados y perdidos muchos de estos accesos a las cavernas naturales del Morro. La misma compañía, Pey, Belfi Ltda., construyó un túnel de 100 metros en la base del mismo peñón, para el desplazamiento de los trabajadores. Y dice Olavarría que por entonces, dos de los obreros, de apellidos Veas y Vargas, entraron al Morro por la parte baja y avanzaron por todo lo que les permitió el largo del cable que usaron como seguro, llegando hasta donde había un pozo seco y un respiradero, a una distancia equivalente a caminar desde la avenida de la costanera hasta la calle Arturo Gallo.
El mismo autor informa que el topógrafo Joaquín Arce, empleado en la misma empresa, había precisado en un plano la ubicación de la misteriosa bóveda; y que contaban por entonces que el operario Marcial Cortez, habría efectuado un espectacular hallazgo paleontológico, al encontrar restos de fósiles prehistóricos dentro de una gran cámara interior, descubrimiento que la compañía habría decidido mantener en secreto, y que -entre otras especulaciones- se cree pudo pertenecer a un megaterio o un animal parecido.
En opinión del fallecido ingeniero Carlos Díaz Dorado, el túnel del Morro de Arica llegaba hasta la altura de la actual calle Borgoño, en la Población Magisterio. Otras versiones dicen que sale por Azapa, en el sector de la vertiente de El Gallito, o hasta por secretos escondrijos del valle del Lluta.
Al parecer, la leyenda se ha ido nutriendo de más variaciones con el correr del tiempo, pero también ha ido siendo olvidada tras desaparecer su acceso... Todo lo que sabíamos o no sabíamos sobre la Cueva del Inca, quedó para el perpetuo misterio.
Tomás Bradanovic, que me ha echado alguna ayuda en más de un artículo de este blog (como el de la piedra conmemorativa de don Tomás Bonilla Bradanovic en Iquique y en el caso de la "tumba de Drake" en el Cementerio de Arica), recuerda en su "Diccionario de Curiosidades de Arica" que en los años 80, le fue colocada una reja metálica a la boca de la caverna, para desalentar a los espeleólogos aficionados. Confirmo esto también en "Arica: tierra de historia: anecdótica caleidoscópica" de J. H. von Gierke Kittsteiner, donde se lee en 1986, que la cueva ya "se encuentra sellada para evitar la repetición de funestas comprobaciones que se han intentado a través del tiempo".
Pero, muy poco después, con el terremoto del 8 de agosto de 1987, una gran masa de rocas y tierra se desplazó y derrumbó justo sobre su entrada, tapándola hasta ahora, sin que existan proyectos ni razones que justifiquen volver a abrirla. Desde entonces, su lugar está cubierto por los desmoronamientos del terreno, y me consta que las generaciones más nuevas de ariqueños han comenzado a olvidar su existencia, muchos de ellos sin conocer siquiera que alguna vez estuvo allí. Llegará el momento en que, para el conocimiento popular, quizás nunca hayan existido.
Tuve ocasión de conocer también la gruta taponada y después convertida en la gruta de Santa Teresa de los Andes, en los veranos de 1997 y 2001, cuando ya estaba convertida en este altar religioso. Era la misma que había penetrado doña Manuela en 1945, cuando tenía incluso una placa con una reseña en su exterior, quizás su primitivo nombre. Sin embargo, el terremoto del 13 de junio de 2005, que echó abajo grandes fragmentos del Morro, destruyó con los derrumbes parte de la gruta, obligando a retirarla y demolerla para seguridad de los visitantes. Hoy sólo se ven allí las ruinas de lo que fuera su plataforma de concreto, ya sin las escaleras de ascenso hasta ella.

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